| Fundamentos conceptuales de la Acción Educativa |
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Acción educativa: Experiencias de intervención con menores con trastornos del comportamiento
Carmen de Linares von Schmiterlöw Tomás Rodríguez Fernández
En nuestra exposición presentaremos la estructura básica y algunos principios conceptuales que sustentan la experiencia que sobre niños y adolescentes con trastornos del comportamiento tenemos en nuestro centro. En primer lugar haremos una breve referencia a los antecedentes y circunstancia que nos llevaron al abordaje e intervención de esta población infanto- juvenil con trastornos de conducta. En un segundo momento, presentaremos una descripción de categorías personales y sociales de la población que en la actualidad estamos atendiendo Por último, describiremos los niveles de intervención que desde una triple vertiente, psicológica, médica y pedagógica, contribuyen a dar respuestas globales al proceso educativo e integrador de estos chicos, (ver cuadro 1). Estructuralmente, es el equipo psicosociológico y médico el referente central de nuestro organigrama, y es de ellos de quien reciben, inicial y procesualmente, un conjunto de aportaciones que nutren técnicamente los dos ámbitos educativos que mostramos: el de la educación reglada, con niveles de educación primaria y garantía social; y el referido a programas de educación para la convivencia, el desarrollo y la adaptación. A su vez, estos ámbitos educativos aportan, a modo de retroalimentación, la información y evolución operativa surgida de la aplicación del curriculum y de los programas. Los planteamientos que guían esta triada tienen como principios: 1.- la complementariedad de todas las intervenciones 2.- la consideración del día natural como una unidad formativa global. 3.- el propósito de funcionalidad de los aprendizajes y su adaptación procedimental al contexto social de convivencia.
En una breve presentación conceptual, entendemos que el tema de la convivencia debe exceder el ámbito de la educación reglada, y en consonancia, nuestro enfoque se fundamenta en una concepción de la educación como fenómeno social, en la que equipo educativo y chicos/as juegan unos papeles no solo individuales, sino fundamentalmente grupales y contextualizados; y por ello, definidos por la comunicación y el diálogo, y por la incidencia del medio. Podríamos concretar diciendo que las actividades afectivas y cognitivas de estos chicos/as, alcanzan su significado explicativo y comprensivo en la medida en que se producen en un sistema relacional, que por otra parte, cobra un especial sentido al producirse en un régimen residencial. Por ello, será desde este sistema de convivencia, y contando con él, desde donde habrá que intervenir con programas educativos que fomenten el desarrollo, la adaptación y la autonomía. Citamos algunos de los propósitos de estos programas con el objeto de apreciar mejor su significado:
En esta línea de análisis, hemos de tener en cuenta que en poblaciones con trastorno de conducta, toda convivencia conlleva que las necesidades individuales y grupales han de quedar satisfechas en una “armonía de conflictos”. Ello supone un equilibrio entre las satisfacciones individuales y los propósitos del grupo, y el establecimiento de unas estrategias de acogida por parte del grupo hacia las diferencias individuales.
Sabemos que en los propósitos de toda persona destaca el deseo de satisfacción de unas complejas necesidades. Señalamos tres sobre las que intervenimos en nuestros programas, por considerarlas especialmente relevantes en esta población. Nos referimos a la necesidad de afianzar en el sujeto una identidad personal (quién soy); la de incrementar su autoestima (para qué valgo); y la de favorecer los procesos de relación (quién me acepta y me valora).
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El joven, en su vida social debe sentirse miembro de un grupo y la pertenencia a ese grupo implica control de conductas; pero no puede concebirse una vida en común sin posesión y aceptación dialogada de un marco normativo. Quien está predispuesto a romper la convivencia ha perdido la seguridad en sí mismo y en el grupo del que forma parte. La pérdida de seguridad y autoestima, paradójicamente, en lugar de inhibir a estos jóvenes, les rebela, buscando una nueva seguridad fuera de la norma socialmente aceptada; la pérdida de confianza en el grupo y en la estructura organizativa, le conduce a la indisciplina como expresión de una conciencia de marginación, como forma de protesta y como pérdida de una expectativa de utilidad dentro de la estructura formativa de la institución y del grupo. La pérdida del concepto de igualdad o similitud de las obligaciones hacia los otros y la percepción de desigualdad en las oportunidades de integración social, arrastran al individuo hacia la pérdida de la conciencia de que “la norma obliga a todos”.
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Consideramos que para que la educación tenga sentido en nuestro contexto, ha de concebirse como una actividad práctica, abierta y flexible, cargada de afectividad y construida por una reflexión compartida, ajena a planteamientos rígidos e impositivos (ello no excluye el establecimiento de normas y pautas de conducta concretas y claras). Hemos pretendido mostrar algunos rasgos de la calidad y variedad que nos exigimos en nuestra intervención educativa, deseando mejorar tanto los resultados como los procesos que lo mediatizan. El tema de la convivencia, y su concreción en los trastornos de conducta, es un asunto no exclusivo de la familia, ni de la educación formal, ni del profesor en un aula. Compete también a la sociedad, a las organizaciones culturales del entorno y a la intervención política. Que se tenga conciencia social y política de que deben compensarse desigualdades y además reducir la marginación, son factores prioritarios y previos a la intervención institucional, al menos si se desean soluciones duraderas y globales.
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